En esos días, como resolución de nuevo año, me encontraba en un proceso de desintoxicación del cuerpo que consistía en eliminar toda azúcar y carbohidratos por 72 horas, para luego comenzar una dieta alta en proteínas y así bajar un poco de peso. Lo interesante de esto es, que la masa aparece a las 48 horas del proceso de desintoxicación. Días siguientes, comencé a bajar de peso progresivamente. Pensé que la aparición de la masa en el cuello y, la perdida de peso, pudiese estar relacionada a la eliminación de toxinas. Aún así la preocupación no se alejaba de mí. Una voz interior susurraba señales de alerta.
Transcurrieron los días y el visitante continuaba alojado en mi cuello. En ocasiones avisaba su presencia con leve dolor. Lo que obligaba a colocar mi mano sobre este extraño y aplastarlo entre los dedos una y otra vez. Recuerdo que al comienzo, se sentía blando y redondo. Transcurrían horas y minutos, la preocupación aumentaba cada vez más. Pasaba horas sumergida en la Web en búsqueda de una respuesta. Encontré mucha información relacionada. Todo arrojaba a infección o inflamación, hasta elementos patológicos, es decir, malignidad. No estaba segura de lo que sucedía. Estaba muy confundida. Dentro de mi confusión, recordé que una especialista en medicina en una ocasión, me dijo que una masa o tumor era peligroso cuando se sentía duro y no se movía al manipularlo con los dedos. Mi masa se movía y no se sentía como piedra, además dolía. Como dicen por allí, el cancer no duele. Las lecturas realizadas durante mi investigación así lo confirmaban. Aunque el panorama pudiese ser alentador, esa voz continuaba susurrando en mi interior que algo estaba mal.
La información recopilada sugería que esperara tres semanas y si la inflamación continuaba, entonces debía visitar a un médico. No espere las tres semanas. A la segunda semana, ya me encontraba en la consulta de un médico generalista.
